El 11 de mayo de 1974, el padre Carlos Mugica fue asesinado de 14 balazos por varios hombres, entre los que la Justicia identificó posteriormente como autor inmediato a Rodolfo Almirón, vinculado a la organización parapolicial Triple A.

Padre nuestro

Por Nacho Levy

A 47 años del asesinato que no pudo callarlo, resuena el grito de Carlos Mugica, entre la prepotencia de la indiferencia y la entrañable transparencia de su querida presencia.

Hoy, 11 de mayo, San Ningún Santo, quizá sea mejor no celebrar tanto; más bien tirar a la mierda el control de la televisión o el descontrol de la información, para salir a dar una vuelta por la 31, en cualquier horario, pero no escuchándose a uno, escuchando al barrio, porque Mugica no discutía ninguna utopía con esa gente de traje que una vez al año le rinde homenaje, simplemente oía a los referentes de su comunidad, para que tal vez algún día pudiéramos caminar sobre las huellas de su dignidad. Ah, porque no, los zapatos que nos tocan no pueden cambiarse.

Como los panes y los peces, deben multiplicarse.

Ahora, qué apoteótica manera de provocar, este tipo Carlos, el irreverente, el desobediente, el padre con minúscula del Pueblo con mayúscula que sobrevive cada día sin urbanización, ni agua de la canilla, pidiendo todavía, “Meditación en la villa”. Porque sí, ahí está entrecomillado el poema que nos dejó pintado de La Academia, como marco para el cuadro de la pandemia, cuando todavía no estaban en auge los mil presentes del verbo meditar, ni las multinacionales de Ravi Shankar. “Meditación en la villa”, se llama un poema escrito sobre la miseria, pero sobre su propia miseria, que ahora también es nuestra miseria. ¿O quién podría meditar ante una sinfonía de balas, el concierto de los estómagos, los parlantes del terror y ese silencio ensordecedor de todos los que murieron como siguen muriendo, mientras le pedimos perdón al dolor?

Usté tome nota, Señor.

“Señor, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos, que parecen tener ocho años, tengan trece”.
Por los siglos de los siglos igual, porque hay 4 millones de niños alimentándose en los merenderos de la estigmatización; un 1,6% registra emaciación y un 7,9% presenta baja talla: no se acostumbre, algo falla.

“Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro; yo me puedo ir, ellos no”.
Ojo, ya está todo en manos del publicista: hubo ciertas relocalizaciones para familias del sector Bajo Autopista, pero el resto de la 31 sobrevive todavía entre los escombros y las ratas que sembraron un año atrás, ahí donde viven miles de familias más, regando ese macizo que ni panea el noticiero; YPF, los Containers y Cristo Obrero. Ahí, chapoteando en el barro que nunca salpica una primera plana, funciona la Secretaría de Integración Social y Urbana, donde Larreta se maquilla la careta y la falta de infraestructura, mercantilizando ahora la entrega de la escritura.

“Señor, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de las aguas servidas, de las que me puedo ir y ellos no”.
A diario desbordan las cloacas del barrio y también la indiferencia, entre camiones vactor que llegan en la emergencia, salvo que te inundes en pleno fin de semana y no seas capaz de esperar: “el próximo día hábil te lo van a destapar”.

“Señor, perdóname por encender la luz y olvidarme de que ellos no pueden hacerlo”.
Pero bue, fueron 47 años muy duros, bien pero bien oscuros, porque los derrumbes ocasionados a nombre de la “urbanización” que promocionan sus ministerios de televisión, voltean postes, cortan cables y dejan manzanas intransitables enteras, como si ahí no hubiera cientos de almas villeras sobreviviendo a la Ciudad Del Mejor Nos Callamos, casi tan oscura como sus reclamos.

“Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie hace huelga con su hambre”.
Hambre para hoy, hambre para mañana, cuando crece 4 puntos la inseguridad de la mamadera y 9 puntos más la inseguridad severa, que implica restringir la ingesta de alimentos a los menores de 17 años, que tampoco tienen voz, ¡pero crecieron del 6,5 a 15,2! Ya existen 53 comedores en la 31 y los merenderos de La Poderosa triplicaron la demanda en tiempos de confinamiento: el gobierno porteño asiste al 30%.

“Señor, perdóname por decirles ‘no sólo de pan vive el hombre’, y no luchar con todo para que rescaten su pan”.
Ni sólo de pan vive la mujer, el ser, la persona: 12 días sin agua, mataron a Ramona. Aún con financiamiento del Banco Mundial, se siguen sacando los baldes al viento cuando llueve: las obras avanzaron un 0%, entre 2016 y 2019. “Mala suerte”, que tampoco corrigió la muerte, porque “ahora falta un 2%, pero el agua no llega, porque no alcanzó el presupuesto de la partida”. Ni pan, ni agua, ni vida.

“Señor, quiero quererlos por ellos y no por mí. Ayúdame”.
Por todas y cada uno, más de 4 mil casos en la 31, 1700 en este 2021, según datos del mismo gobierno que presume presuntas obras territoriales. Ahí mismo, donde Ramona supo hacer periodismo y ahora se llora a Teodora, no sólo falta ayuda, también sobra desigualdad: hubo un 7% de vecinos infectados en toda la Ciudad. ¿Saben cuántos en la 31, desde que comenzó el aislamiento? El 53%.

“Señor, sueño con morir por ellos: ayúdame a vivir para ellos”.
Y vamos con ésa, niños, niñas y adolescentes sin un plato de comida sobre la mesa, ese 60% que habita bajo la línea de la pobreza, llamado a la hidalguía de honrar toda honradez, sin siquiera la utopía de llegar a la vejez: hay 20 años de diferencia en el promedio de longevidad, entre las villas y los demás barrios de la Ciudad.

“Señor, quiero estar con ellos a la hora de su luz”.
No tan corto circuito, porque arriba se siguen robando el cobre y, ni al borde del precipicio, se han dignado a regularizar el servicio. Y “las nuevas viviendas” no sólo padecen la calidad de los materiales, las filtraciones, los desbordes cloacales y los cortes de luz, sino un problema nuevo cada día: ahora, el vencimiento de la garantía. Poco crédito blando y mucha cara dura, cuando cobran los impuestos a contrafactura en toda la Capital Federal, pero quieren luz prepaga para quienes la pasan mal…

“Ayúdame”.
Ayudémonos, para que no sea tan fácil flamear cínicamente la bandera del Padre Mugica, mientras esta lógica se replica como si fuera normal, como si realmente fuera un ecosistema natural esta feria de barro y costillas, sin “erradicar la miseria de las villas”, ni generar confrontaciones con los dueños de las especulaciones que aparentemente se volvieron honrosas, porque a esos “procesos” no les bastaría una Tarjeta Alimentar: necesitarían otras cosas, además de morfar. Y qué bien, ¡porque acá también! Hay tantas familias endeudadas entre tantas financieras empoderadas, que las palabras de Carlos regresan gritando, por los caminos que Ramona estuvo desmalezando. Pues aquí nos cuida la espalda del que quiera gobernarnos la razón y ojalá tengan en cuenta, sin boleto de compraventa, al santo padre de la urbanización…

“La justicia se encarna en la vida entera de la sociedad. No basta darle a cada cual lo suyo en un plano meramente individual. No se trata de que los individuos ricos ayuden a los pobres, se trata de que los pobres dejen de ser pobres. Y hasta ahora, para que los pobres dejen de ser pobres no se ha inventado otro más que este sistema: que los ricos dejen de ser ricos”.

Amén.

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